ENTREVISTAS
"Iba detrás de los clásicos"
Por Oscar Ranzani

El psicoanalista, que ya había publicado otra obra de referencia, Las películas que Lacan vio y aplicó al psicoanálisis, ahora se ocupa de las referencias literarias en Freud. "Empecé la investigación con una simple pregunta: ¿qué es lo que leía Freud?", explica Motta.

Muchas veces se ha dicho que el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, escribió varias obras de literatura en una sola teoría. No por nada la llamaban "la ciencia del alma", un rasgo que entrelazó al psicoanálisis con el arte y, por ende, con la literatura. Muchos de los textos que Freud escribió tomaron referencias de autores tan importantes como Shakespeare, Sófocles, Virgilio, Dickens, Flaubert, Molière, Pascal, Voltaire, Víctor Hugo, Dostoievski, Tolstoi, Goethe y Schiller, entre muchos otros. A través de la lectura minuciosa de los escritos de Freud, el psicoanalista Carlos Gustavo Motta traza un puente entre el psicoanálisis y los clásicos y otras obras determinantes en el libro Freud y la literatura (Ed. Paidós). "Estoy construyendo una obra de referencias. Comencé con el libro Las películas que Lacan vio y aplicó al psicoanálisis. Ahora, me ocupé sobre las referencias literarias en Freud y voy a seguir con las referencias en pintura y escultura en Lacan", comenta el autor en diálogo con Página/12.

–¿Qué relación podría establecer entre el psicoanálisis y el proceso creativo del escritor?
–En relación a un proceso creativo, siempre está esa transfiguración de un lugar común. El escritor, a partir de una idea, y fundamentalmente a partir de un conflicto con esa idea, comienza efectivamente a plantear un nivel narrativo. A partir de ese nivel narrativo, que generalmente tiene como capas, se van entretejiendo diferentes historias.

–Usted dijo "capas". ¿El suyo fue un trabajo al estilo de un arqueólogo que va buscando en las capas de la literatura las huellas que dejó en Freud?
–El trabajo de investigación es fundamentalmente un trabajo de curiosidad. En el libro relato un viaje a Inglaterra, al Museo de Freud y, en ese momento, me detengo en sus libros. Me interesó porque evidentemente estaba leyendo otros libros, distintos a los que los psicoanalistas hoy leemos. Con esa pregunta (¿Que es lo que Freud leía?), empecé con la investigación.

–¿El hecho de que Freud haya recibido el premio Goethe permite inferir que se produjo tal vez un encuentro entre ambos?
–No sé, me parece que hay algo en relación a que él trabajó en un punto para ser reconocido. Alcanzó el premio Goethe de Literatura. Estaba nominado para el Premio Nobel, pero fue como una especie de Borges de la época: nunca lo ganó. Y quizás eso también hace a un premio: que, a lo mejor, no lo ganes. Quizás lo busques de manera inconsciente pero no lo ganes.

–¿Que Freud haya recurrido al lenguaje literario fue también una manera de superar los límites del lenguaje científico?
–Fue más bien alimentar al lenguaje científico. Tomó del mundo literario lo que podía ser, incluso, lo popular del lenguaje, el ingenio del lenguaje, los obstáculos del lenguaje y los llevó, efectivamente, a una disciplina, sobre todo médica, que en ese momento seguramente tendría mayores obstáculos que los actuales, porque estaría todo ubicado en estamentos muy cerrados. Y con debates en relación a que todo lo que no fuera científico en el campo de la medicina evidentemente era completamente desterrado.

–¿Cree que esa inspiración en la creación artística que implica la literatura funcionó también como una forma de sublimación en Freud al volcarla en el desarrollo de su teoría psicoanalítica?
–El tema de la sublimación es muy complicado porque se dice que porque la persona hace, entonces, sublima. El era un trabajador absolutamente decidido con su trabajo y lo aplicaba en la investigación y en la clínica. No sé si sublimaba, creo que trabajaba y, a partir de ahí, se encontraba con efectos, logros, obstáculos, debates, con peleas internas entre sus discípulos. No sé si tenía tiempo para sublimar (risas).

–¿El interés de Freud por Dostoievski, que lo llevó a escribir el prólogo de unas de las ediciones de Los hermanos Karamazov, se puede relacionar con el tema de la represión y el miedo del asesinato del padre que después reconoció en la figura de Edipo?
–Son muchos niveles de preguntas. Estaba el interés de Freud hacia Dostoievski, pero también estaba su interés hacia Cervantes. El fue a la búsqueda de lo que es un clásico. Por un lado está Cervantes, por otro está Dostoievski y también está Shakespeare. Entonces, tiene que ver con un encuentro de su teoría en los registros de los escritores. Con eso, él comprobó el mito de la Horda Primitiva, comprobó la cuestión edípica. Tiene una amplia cantidad de historias. Me interesa que se destaque la nota que le hice a Germán García en el libro porque es muy interesante cómo él ubica a Hamlet, o a Joyce, por ejemplo.

–¿Hamlet, de Shakespeare, fue también una lectura determinante en Freud para relacionarlo con el conflicto edípico?
–Es una lectura determinante para todas las épocas a partir de Shakespeare. Hamlet es, efectivamente, un clásico de la literatura universal que persiste y que podés encontrar distintos niveles de narración que parten del miedo a la muerte del padre, la fantasía de muerte en relación al padre, la venganza, las cuestiones políticas, los debates que hay en una Corte, que también se pueden traspolar a los debates políticos actuales. Es decir, Hamlet da para una cantidad de aristas impresionantes. Entonces, era también poco probable que Freud no leyera a Shakespeare.

–Usted cuenta en el libro que Freud aprendió español para aprender a leer el Quijote, de Miguel de Cervantes Saavedra. ¿Qué cree que encontró Freud de aquel caballero medieval para aplicar a su teoría psicoanalítica? ¿Tal vez la melancolía?
–No sé, podría ser que todos estamos locos en un punto y que todos tenemos nuestros propios itinerarios en relación a la locura. Hay quienes nos acompañan o no. Y marca la soledad de la locura o la compañía en la neurosis. Por ahí está la cosa como una lectura posible. Aparte, a él le interesaba el texto e, incluso, tenía que ver con los relatos de los pacientes porque cada encuentro con los analizantes fue un relato distinto. Es como Las mil y una noches, que empieza y uno quiere que continúe. Me parece que así estaba Freud con las historias del Quijote.

Nota original

Fuente: Página/12