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Hombre mirando al sudeste: una orientación para la composición de la locura
(Noche del Departamento de Psiquiatría y Psicoanálisis / 12 de mayo de 2014 / Escuela de la Orientación Lacaniana)

No existe en la Escuela de la Orientación Lacaniana un Departamento de Investigación sobre Psicoanálisis y Cine y sin embargo, hace tiempo que estamos trabajando dos grupos cuyos integrantes coinciden en la manera de abordar un film. Psicoanalistas que nos encontramos a lo largo de los días viernes en la Noches Abiertas de la Escuela de manera quincenal. Por eso veo con agrado que quienes estamos coordinando diversas enseñanzas, podamos utilizar al Séptimo Arte como una herramienta para alimentar nuestras investigaciones.

Hombre mirando al sudeste es una realización de Eliseo Subiela estrenada en el año 1986 sobre una vieja idea generadora que parecía olvidada (un hombre llega al manicomio diciendo que viene de otro planeta) y una imagen tomada de la realidad (el infeliz loco de amor que al verse abandonando se obsesionó en mirar un punto fijo).

La leyenda urbana del cine argentino dice que Subiela escribió el guión en un mes, pero se tomó un año en organizar la producción que incluyó un borrador filmado en video. Eligió la mayoría de los actores del Teatro San Martín y quiso ser su propio productor razón que provocó una postergación en la filmación. Hugo Soto, Rantés, fue de la partida.

El Dr. Alfredo Nogarés lo ayuda en las cuestiones psiquiátricas que se ven reflejadas del Hospital Borda y en diciembre de 1985 comienza a filmar en la institución. En relación al argumento puedo reforzar su concepto de metáfora aprovechando el género de ciencia ficción como disparador para señalar el cuestionamiento del malestar en nuestro planeta a través de una mirada que resulta superior desplazada a otra religiosa construyendo una especie de Cristo cibernético e inspirado en El ángel exterminador de Buñuel.

Estos guiños con otros autores constantes en la película, resultan el complemento ideal volcado a nombres elegidos de los protagonistas, por ejemplo es el mismo doctor Julio Denis que evoca al seudónimo utilizado por Julio Cortázar y la afinidad del uso del saxo en el relato de El perseguidor del escritor argentino, o el homenaje a Philip Dick consagrado autor de ciencia ficción desplazado en el nombre de La Santa: Beatriz Dick, mujer, santa, hermana, amante, la mujer que traiciona? La Beatriz del Dante? La cita extensa de La invención de Morel de Bioy Casares o en la música del film el Himno a la alegría de Beethoven y una de las escenas más bellas del cine argentino plagiada infinidad de veces por Hollywood como lo fue la película misma en una pésima versión llamada K.Pax protagonizada por Kevin Spacey y por la que Subiela denunció por plagio. El mismo cuadro de Los amantes de Magritte como secuencia inicial puede dirigir un eje de lectura posible de la película.

Así con cada uno de sus diálogos, frases que han permanecido como No quiero que me cure quiero que me entienda.

El encuentro inicial de Rantés con el médico que piensa que es un simulador, está en relación a la función de la confesión en la entrevista psiquiátrica, tal como lo menciona Foucault en su curso de Lovaina publicado como Obrar mal, decir la verdad, clase del 2 de abril de 1981.

Allí Foucault cita una obra consagrada al tratamiento moral de la locura publicada en 1840 por el psiquiatra francés Leuret quien atiende a un paciente y afirma posteriormente que ha sido curado de su delirio.

Existe en el texto la transcripción de la intervención de Leuret quien le dice al paciente que no hay una sola palabra que sea verdadera, que solo dice locuras y porque está loco será retenido en el hospicio de la ciudad de Bicetre.

El paciente afirma que no está loco puesto que sabe lo que vio y oyó.

El diálogo que sigue es el siguiente:

Doctor Leuret: Si quiere que esté contento con usted, tiene que obedecer, porque todo lo que le pido es razonable. Me promete? No pensar más en sus locuras, me promete no hablar más de ellas?

Vacilante el enfermo promete.

Y el doctor agrega. Muchas veces ha faltado a su palabra sobre este punto: no quiero contar con sus promesas; va a recibir una ducha hasta que confiese que todas las cosas que dice no son más que locuras. Y le aplican una ducha helada sobre la cabeza.

El enfermo reconoce que sus imaginaciones no eran más que locuras y que va a trabajar. Pero agrega: lo reconozco porque me fuerzan a hacerlo.

Respuesta. Nueva ducha helada.

Sí señor, todo lo que le dije son locuras.

Estaba loco entonces? pregunta el psiquiatra

El enfermo vacila: creo que no.

Tercera ducha helada.

A fuerza de duchas, a fuerza de confesiones, el enfermo se curó efectivamente.

Foucault agrega que es una idea con la que nos encontramos a largo de toda la historia de la psiquiatría: no se puede a la vez estar loco y tener conciencia de que se está loco; la percepción de la verdad desaloja el delirio. Y entre todas las terapias aplicadas a la locura a lo largo del tiempo, encontramos diversas astucias para que el enfermo tome conciencia de su propia locura. Leuret busca en su caso alcanzar un resultado. Quiere un acto preciso, una afirmación: estoy loco. Utilizar la confesión como elemento decisivo en la operación terapeútica, es la obligación de decir la verdad sobre sí mismo.

Argumento que Foucault lo desplaza a la confesión en las instituciones judiciales. La confesión es un acto verbal mediante el cual el sujeto plantea una afirmación sobre lo que él mismo es, se compromete con esa verdad, se pone en una relación de dependencia con respecto a otro y modifica a la vez la relación que tiene consigo mismo. Es una operación de verdad aplicada a los enfermos, pero con qué pretensión?

De qué lado se ubicará tal compromiso de verdad finalmente? Es una verdad o una razón instalada en la figura del médico?

El Dr. Denis tiene además su propia historia. Parece un psiquiatra desalentado por su profesión alimentada por la rutina y porque además ha dejado de sentir. Sus afectos parecen desalojados y sus penas pueden ahogarse en alcohol y saxo nocturno en el vacío de su hogar.

Rantés también afirma que no puede sentir, que debe investigar pero no sobre su locura, sino sobre la locura de los demás, de aquellos que afirman ser normales y quienes sólo alimentan el malestar de la vida cotidiana y quienes utilizan el arma más peligrosa del planeta, la estupidez humana. Ellos, los locos, son los sanos, esos que habitan los laberintos de la incomprensión de los normales.

Estudiar al cerebro, los cortes histológicos, cortarlo por la mitad no evita la pregunta de todos, incluso los agnósticos: y la psiqué? Y el alma? Los cuerpos envejecidos, enloquecidos no pueden hacer nada más que morirse, parafraseando a Borges cuando dice que los seres humanos tenemos esa costumbre de morir.

Denis tiene en Rantés un motivo y ambos son la cara de la misma moneda. La pantalla de cine, como afirma Lacan en el Seminario VIII La transferencia es reveladora y sensible. Siguiendo ese argumento Denis es un esclarecedor de enigmas quien se presenta para decidir sin apelación posible cuando se han acabado todos los recursos. Lacan en ese seminario agrega: francamente es portador de todas las marcas de lo intocable. Afirma además, pero esta vez en una nota del Noveul Observateur que cuando un director de cine es bueno, da en el blanco.

En esta película, dar en el blanco, significará apostar al deseo del analista en el Dr. Denis teñido por cuestiones contratransferenciales que se observan a lo largo del film, preguntándose quien es Beatriz y confirmando una follie a deux no cuando la echa de su casa, cuando cambia saxo por sexo, sino cuando en la cartera de Beatriz cae una foto de Rantés y ella tomada en la infancia y cortada por la mitad.

Allí hay una tercera sombra que aparece y que puede significar el testimonio de la forclusión del Nombre del Padre. Rantés no se quiebra por la medicación administrada a la fuerza y a los recursos del electroshock, sino a la pregunta por el padre, verdadero punto de ruptura.

El testimonio de la sombra del Nombre del Padre da por concluido el film y en nosotros espectadores comienza nuestro viaje escrito y leído en la imagen. Subiela siempre esquivó las interpretaciones de la película pero su afiche, así como su tráiler, sostuvo un interrogante: Y si todo no fuera como Usted cree?

En el Discurso del Método, René Descartes escribió que toda la organización de nuestras vidas depende de los sentidos y como el de la vista es el más comprehensivo y noble, no cabe duda de que las invenciones que sirven para acrecentar su poder se cuentan entre las más útiles que pueden existir.

Advertido por el registro de lo imaginario y guardándome de caer en las trampas del yo, entiendo que las contribuciones del psicoanálisis a la producción cinematográfica son infinitas.

Así como el psicoanálisis ha influido en el cine, es el cine el que debe reflexionar y desarrollar su inscripción en la historia del pensamiento. Ambos trabajos de elaboración se encuentran en sus rudimentos y ambiciono que esta interrelación psicoanálisis/cine resulte una introducción que permita desarrollar una herramienta futura y necesaria.

Seguramente en estas reuniones establecemos posibles articulaciones, asimismo despejando de la frase pronunciada por Lacan todo el mundo está loco otra que podemos enunciar todo el mundo se hace su propia película.

Carlos Gustavo Motta